Sobre el grotesco turismo de orfanatos

El turismo se ha convertido en un bien de consumo de prmera magnitud, con una segmentación similar a la de cualquier sector productivo: Tenemos turismo gastronómico, de aventuras, religioso, deportivo, de fiesta, cultural, espacial (próximamente), sexual, dental, capilar, de eutanasia… etcétera etcétera. De todas estas modalidades destaca una que me toca especialmente la fibra, el turismo de orfanatos. Hay viajeros bienintencionados que se desplazan a países como Indonesia o Camboya para visitar orfanatos e instituciones a las cuales donan dinero y prestan tareas de voluntariado. Se trata de una tendencia en alza que se está convirtiendo en un problema, según UNICEF y otras organizaciones de protección de la infancia. Por ejemplo, en la última década Campoya ha visto crecer el número de orfanatos en un 75%, mientras que el número de huérfanos ha disminuido. Otro dato: el 80% de los críos que están en estos centros tienen familias que podrían cuidar de ellos con las ayudas adecuadas. Sin embargo, existe una demanda en aumento por parte de occidentales dispuestos a viajar a estas zonas del planeta y aportar su ayuda. Así pues, tenemos una industria que se dedica a canalizar esta demanda. Todos estos nuevos orfanatos captan niños cuyos padres los alquilan para que los visitantes puedan hacerse fotos con ellos y presumir luego en las redes sociales. Evidentemente, un niño estará siempre mejor en casa que en un orfanato en el que se convierta en una atracción de feria para visitantes extranjeros que ni siquiera son profesionales del sector. Pero al parecer es demasiado exigir que los niños pobres no sean tratados como atracciones turísticas… qué mundo más bonito este…

Fuente: Exceso de equipaje (libro de Pedro Bravo)


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