“La Taberna del Escocés” (cultura libre)

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Me ha escrito Eme Navarro para presentarme un proyecto genuino de cultura libre : “La Taberna del Escocés”. Según sus propias palabras, se trata de “un proyecto devolucionista que irá publicando semanalmente relatos, canciones y comics en la red. Por supuesto sin necesidad de gastar dinero”. Previamente al lanzamiento web, “Blue Identity” (la banda de Eme), dio un concierto el pasado 18 de sept. en La Fídula (C/Huertas 57, Madrid). Resulta que este grupo pone música a los relatos de Los Cuentos de La Taberna del Escocés. Cada mes se publica un relato nuevo, y durante ese mes (con una periodicidad semanal), se publicará una canción y un comic correspondiente al relato. Original idea, la verdad…

Voy a publicar un relato que me ha gustado mucho (joder, qué bueno), de un tal Chema Tornero…así os hacéis una idea de lo que os váis a encontrar en el sitio. Los dibujos, sacados de los cómics que también se van a publicar en breve, son obra de Mermadón y de Jorge Fuentes.

Prólogo – La señal divina

I

“Trece de los Grandes”

Trece de los grandes.

Trece de los grandes. Se dice pronto, pero nunca había sacado tanto en una timba de los Meazza. Y, por descontado, era muchísimo menos del total acumulado que me había dejado yo, en esa misma mesa, a lo largo de los últimos dos años. Pero, con todo y con eso, Giancarlo Meazza se vio en la obligación de cumplir con su deber cívico y hacerme saber, con muy buenas formas, que si asomaba el careto por la timba en los próximos tres meses debería someterme a una dieta estricta de batidos y analgésicos durante los siguientes seis. Sí, sí, está muy bien, pero ¿quién se lleva trece de los grandes en el bolsillo? ¿Tú, Giancarlo? Pues eso. Así se lo dije. Bueno, vale, así lo pensé.

La euforia suele ser mala consejera. A mí me aconsejó dejar el trabajo. El puto trabajo alienante, embrutecedor y humillante pero que, siendo honesto, me ha pagado durante los últimos tres años el alquiler, la bebida, un poco de compañía de vez en cuando, y sobre todo, las deudas de juego. Así que esperé pacientemente la filípica cotidiana de mi redactor jefe:

- ¿Qué significa esta mierda? ¿Para esto te pago? ¡¡Cualquiera puede escribir esta gilipollez!!

Papeles agitados, expresión iracunda,… la liturgia habitual. Así que disfruté cada segundo del cambio de guión.

- Hacemos una cosa. Lo escribes tú y te ahorras mi sueldo.
- ¿Qué?

La perplejidad le sentaba mal. Cuando desfruncía el ceño se le quedaba cara de gilipollas.

- Lo escribes tú y te ahorras mi sueldo. Me das tres meses, recojo mis cosas y me voy.
- Dos meses.
- Hecho.
- Mes y medio.
- Jefe…

Mis cosas cabían en mi maletín. Tres proyectos de novela, ninguna más allá de una trama endeble y algunos bosquejos de personajes. Y todo el material de oficina que pude arramblar. Que para eso le había pedido tres meses de sueldo, qué cojones.

Me sentí libre, libre y rico. Porque ser libre y pobre es una mierda. No tenía ingresos, pero sí trabajo. Por fin era escritor; un escritor sin historias y sin ideas. Pero escritor.

No tenía claro cómo empieza uno una vida nueva. La falta de costumbre, supongo. Pero recordé cuando, de pequeño, mi abuelo me llevaba de paseo al viejo puerto, a comprarme altramuces que luego nos comíamos en el espigón, tirando al mar las cáscaras. Eso fue antes de la guerra. Hacía años que no pasaba por aquel lugar, pero no parecía haber cambiado mucho. Aunque, obviamente, nadie iba ya a pasear ni se vendían altramuces. Y, para qué engañarme, el cuerpo no me pedía altramuces ni frutos secos ni nada parecido. Más bien me pedía cereales. De los fermentados.

II

La Taberna del Escocés. La conocía de oídas…

La Taberna del Escocés. La conocía de oídas, allí también se habían organizado célebres timbas. Tenía mala pinta, pero no tanto como las aledañas. El olor de la madera prevalecía sobre el del orín. Un punto a su favor. Tras la barra, un hombre fregaba vasos, los comprobaba al trasluz y se daba por satisfecho con una higiene moderadamente deficiente.

- ¿Tiene whisky bueno?
- Depende. ¿Qué es whisky bueno para usted?
- No sé… ¿Cardhu?
- ¿Le va bien Glenfiddich?
- No me joda que tiene Glenfiddich…

Me miró con desaprobación, como si mi escepticismo hubiera herido su sensibilidad. Finalmente me dijo con gesto serio:

- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué?
- Que cómo se llama.
- ¿Y eso a qué viene?
- Conozco a todos mis clientes.

Miré alrededor. No había nadie en la sala. Así que decidí vacilar un poco. Lo que tiene ser rico.

- Pues creo que, en este momento, no conoce a ninguno de sus clientes.
- No será cliente hasta que no consuma algo. Y no lo hará mientras no me diga su nombre.

Joder con el friegavasos.

- Vale… Touché.
- Lo siento, no hablo italiano.

No sonrió. Y yo ni siquiera podía decir si hablaba en serio.

- Me llamo Geoffrey, Geoffrey Chaucer.

Le tendí la mano. Le dio la vuelta y me miró la palma. Finalmente parece que pasé la inspección y me la estrechó. Sentí que iba a necesitar escayola durante tres semanas. Intenté recuperar algo de dignidad.

- Soy escritor.
- ¿Has escrito algo que pueda haber leído?

Miré el periódico sobre la barra.

- Es más que probable. He escrito los horóscopos de ese periódico durante los últimos tres años.
- Ajá. ¿Tú eres entonces Golden Chaos? Me gusta tu estilo. Algo repetitivo… supongo que es cosa del formato.
- Sí, puede. Golden Chaos ha pasado a mejor vida, en cualquier caso. Ahora soy escritor de verdad… aunque, para ser sincero, en este preciso instante no tengo historias.
- Aquí sobran las historias. Incluso las buenas. No ahora, claro… pero pásate a partir de las diez. – Mientras hablaba echó dos hielos en un vaso de culo ancho y sirvió tres dedos de Glenfiddich. – A ésta invito yo.
- Gracias. – Me cayó bien. También es verdad que soy fácil de contentar. – Si fuera igual de fácil conseguir historias…
- Hummmmm… Te contaré una. Sucedió en mi ciudad natal, hace algunos años. El padre MacKenzie tenía una feligresía escasa pero muy devota. Iba a cumplir 58 años, 34 de ellos dedicados a predicar la palabra de dios. Pero dios nunca le había hablado. Hasta ese momento. Claro, él había encontrado a dios en el servicio a sus semejantes, en la sonrisa de un niño,… todas esas gilipolleces. Pero eso no era nada comparado con lo que acababa de experimentar. Sentado, con las manos cruzadas sobre el regazo, había terminado de repartir la comunión y reflexionaba sobre por qué dios había escogido precisamente ese momento y, sobre todo, ese mensaje para hacerse patente en su vida. Por fin decidió que no podía ignorarlo. Salió de la nave para pasmo de sus fieles. Atrancó las puertas por fuera con los seguros que se usaban cuando había temporal del norte. Después subió al coro, prendió fuego al viejo cortinaje de terciopelo, bajó por la escalera exterior y se sentó en el césped a ver cómo la iglesia se consumía en llamas. Era un edificio antiguo, sin salidas de emergencia, lejos del parque de bomberos y, para terminar de arreglarlo, los dos extintores estaban fuera de la nave, en el despacho del párroco.

Silencio.

- ¿Ya?
- ¿No te ha gustado?
- Es una historia absurda. ¿Intenta hacerme creer que dios le dijo al cura que quemara la iglesia con la gente dentro?
- Bueno, a la policía le costó trabajo entender la confusa historia del padre MacKenzie, la verdad. Y las dos personas que podrían haberlo aclarado mejor habían formado parte de la barbacoa de ese domingo. – Levanté una ceja. – Pues sí. Me refiero a Colm Ferguson y Sean McSeamus. Los dos quinceañeros que pensaron que la misa sería más divertida echando un ácido en el cáliz.

III

El padre MacKenzie tenía una feligresía escasa pero muy devota…

Ésa fue la primera historia, luego vinieron otras muchas. Tantas, que a veces me parece que llevo en este lugar toda la vida. Algunas ya estaban encerradas aquí cuando llegué aquella tarde. Otras las he visto desarrollarse en mis narices. Y a veces, no he podido evitar ser yo el que las metiera, convirtiéndome en parte de ellas. Al final, uno es lo que es.

Pero, aunque esté mal que lo diga un escritor, creo que en el fondo lo que me sujeta a este lugar no son las historias. Son sus protagonistas. Ellos y la propia taberna. Algunos aún continúan por aquí. Otros no, pero su recuerdo está en cada jodida esquina, aunque ya nadie les mencione. Y es la sensación de pertenecer a este lugar. A este lugar donde nada permanece, pero nada cambia. Bueno, algo sí: jamás he vuelto a tener en el bolsillo trece de los grandes.





6 comentarios sobre ““La Taberna del Escocés” (cultura libre)”

  1. Eme dice:

    Gracias, espero que lo disfrutéis .
    Y sigue con esas Jams ;)

  2. juanma dice:

    Qué bueno el relato del párroco que quemó a los feligreses. Las jams las tengo abandonadas…pero echo más de menos el ambiente de bares y tabernas (como la del relato)

  3. Kike dice:

    Hola Junama.

    No se te olvide decir que los dibujos, sacados de los cómics que también se van a publicar en breve, son obra de Mermadón y de Jorge Fuentes…

    Saludos

  4. Chema (el del relato) dice:

    Muchas gracias por tus amables palabras y por respaldar el proyecto. No olvidéis pasaros el lunes que viene a escuchar (y a descargaros, si os apetece) Divine Sign, la canción inspirada en el relato. Ya veréis qué temazo, ya…

  5. juanma dice:

    Subsanado lo de la referencia a los dibujos (me perdonen los talentosos dibujantes). Y este lunes, descarga obligada.

  6. Eme dice:

    J……….. ¿como has heco esto de poner el relato? eres un lince.
    dos puntos más

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